Quiero ser mamá.
Siempre me dieron mucha ternura les bebés, y siempre me encantó jugar con niñes, pero no fue hasta que empecé a dar clases a alumnites de 5 años que me di cuenta cuánto deseaba esto. Sí, ya sé que el rol materno no está restringido a la primera infancia, sino que también llega un punto en el que te encontrás siendo madre de un ser adulto. De hecho, no son solo las ganas de criar a un pequeño o una pequeña lo que me moviliza: también quiero compartir mi vida con hijes adultes y tener mi propia gran familia. Pero no voy a mentir: definitivamente la primera infancia es lo que más me emociona de la idea de ser madre.
Cuando me pongo a indagar de dónde proviene este deseo, me doy cuenta de que tiene mucho que ver con querer garantizarle a alguien más una infancia tan hermosa como la que yo tuve. También creo que está relacionado a esta idea de formar a alguien, de enseñarle y acompañarlo/a en el camino. Los psicólogues no mienten cuando dicen que todo padre proyecta en su hije: mírenme a mí acá, haciéndolo sobre mis hijes no nacides.
Cuando me pongo a indagar de dónde proviene este deseo, me doy cuenta de que tiene mucho que ver con querer garantizarle a alguien más una infancia tan hermosa como la que yo tuve. También creo que está relacionado a esta idea de formar a alguien, de enseñarle y acompañarlo/a en el camino. Los psicólogues no mienten cuando dicen que todo padre proyecta en su hije: mírenme a mí acá, haciéndolo sobre mis hijes no nacides.
(Encontré esta entrada incompleta de hace meses, pero la voy a publicar igual, ya fue)