Después yo me transformé en el rompecabezas (o quizás me transformaron).
Me costó toda mi adolescencia volver a recordar que no soy un conjunto de piezas imperfectas; no vine al mundo a medir, a contar, a pesar, a encajar.
Vine a crecer, a aprender, a vivir y, por sobre todas las cosas, a ser. A ser un todo, con todo. Nunca más un rompecabezas, nunca más una aglutinación de partes incompleta. Un ser complejo e intrincado, cuya belleza reside, justamente, en toda esa complejidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario