sábado, 7 de abril de 2018

Cuando era chica, era una niña como cualquier otra, a la que lo único que le preocupaba era que sus muñecas no tuvieran más ropa, o que a sus rompecabezas no les faltara ninguna pieza.
Después yo me transformé en el rompecabezas (o quizás me transformaron). 
Me costó toda mi adolescencia volver a recordar que no soy un conjunto de piezas imperfectas; no vine al mundo a medir, a contar, a pesar, a encajar. 
Vine a crecer, a aprender, a vivir y, por sobre todas las cosas, a ser. A ser un todo, con todo. Nunca más un rompecabezas, nunca más una aglutinación de partes incompleta. Un ser complejo e intrincado, cuya belleza reside, justamente, en toda esa complejidad.

No hay comentarios:

Publicar un comentario