Me encanta mirar el cielo. Es como un lienzo que todos los días nos ofrece una pintura distinta. De día, las nubes blancas, todas diferentes, todas únicas, pasan sin apuro por el fondo celeste. Me encanta cuando se posan frente al sol y los contornos se iluminan. Otros días, las nubes se acumulan y nos regalan la lluvia: esa agua que cae del cielo, que da vida a las plantas que, sucesivamente, nos dan vida a nosotros.
De noche, el lienzo se vuelve negro y desplega una cantidad inmensurable de estrellas. Muchas de ellas ya están muertas, pero tenemos la suerte de estar a una distancia lo suficientemente lejana como para disfrutar de su belleza, incluso cuando ya han desaparecido.
Todos estos fenómenos se dan de una manera tan natural, tan sin esfuerzo. Y todos duran lo que tienen que durar. Nada los retiene. Lo importante es que, observemos lo que observemos, el cielo siempre está ahí, siempre es el mismo.
Creo que las personas somos como el cielo, porque tenemos esa naturaleza cambiante (al igual que todo en el Universo). Nuestro cuerpo y mente nos ofrecen todos los días un panorama distinto, pero lo más esencial se mantiene.
A veces las nubes cubren completamente el cielo, y dejamos de ver aquello que está detrás, aquello que es igual sin importar el clima. De manera similar, a veces nuestras emociones nos abruman tanto que es difícil ver lo que siempre hay más allá de ellas. En esos días, es muy fácil identificarnos con nuestras emociones y pensar que somos ellas. De la misma forma, en días completamente nublados es muy fácil pensar que esa capa gris es el cielo. Pero no lo es. Si el cielo fuera las nubes, a donde ellas irían, iría él . Pero el cielo siempre se mantiene firme.
No somos nuestras emociones: somos aquello frente a lo cual las emociones pasan, así como las nubes pasan frente al cielo. El problema es que, a diferencia del cielo, vemos una nube y ya la perseguimos, la queremos retener, la queremos analizar desde todos los ángulos. Y si no la dejamos ir, el problema es que nos empezamos a identificar con esa nube; nos empezamos a identificar con lo que sentimos, reteniendo lo que nos destruye. El otro día, por ejemplo, me levanté sintiéndome muy mal con mi cuerpo. Mis nubes ese día eran una seguidilla de "soy horrible", "soy fea", "nadie gustaría de mí". Simplemente lo acepté, hice una meditación guiada, y, por suerte, al otro día regresó la claridad.
Creo que no es necesariamente contraproducente analizar nuestras emociones. Ese es el trabajo que se hace en terapia: agarramos aquello que sentimos y lo ponemos arriba de la mesa para intentar desarmarlo. Pero, en mi caso, si no hubiese combinado ese proceso con el de desapegarme de las emociones que me hacían mal, nunca habría podrido superarlas. Una vez hicimos un ejercicio con mi psicólogo que cambió completamente mi forma de concebir el sufrimiento:
Me pidió que me cerrara los ojos y me imaginara sentada en el palco de un teatro. Acto seguido, tenía que visualizar que en el escenario había otra Juliana, atravesando por la misma situación que estaba atravesando yo. ¿Qué le diría a esa Juliana?, ¿cómo interpretaría sus dificultades?
Para mí fue fundamental dejar de identificarme con lo que me pasaba y aprender a observarlo. Sólo así podría dejar de castigarme por no poder controlar mis sentimientos.
Y es que la libertad no está en aprender a controlar lo que nos pasa. El cielo no tiene el poder de evaporar las nubes que no le gustan. Simplemente las deja ser, y las acepta como los fenómenos pasajeros que son.
Ya sé que el cielo la tiene más fácil, porque el Universo no le dio una conciencia que le permite reconocerse en su condición de tal. El cielo simplemente es. Nosotros somos, pero además pensamos, interpretamos, sentimos. Por otro lado, si me pongo en los zapatos de una persona deprimida, no quiero imaginarme lo difícil que debe ser recordar quién sos realmente cuando lo único que ves por meses y meses, es gris... cuando tu sufrimiento se vuelve tan atosigante que no sabés quién sos si no lo sentís.
Aún así, no pierdo las esperanzas de que todos y todas recuerden que somos y valemos muchísimo más que cualquier fenómeno pasajero ♡
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