viernes, 26 de enero de 2018

Hablemos de comida

Cúantos recuerdos de la infancia guardo en mis papilas gustativas. Ir emocionadísimos con mis hermanos todos los fines de semana a la casa de mis abuelos paternos sabiendo que nos esperaban con un paquete de papitas que nuestros papás nunca nos compraban. Jugar a "si sale de X color..." con el paquete de confites en el recreo. Prepararme una leche chocolatada que consistía en echar cacao y azúcar y no disolverlos cuando vertía la leche, porque me gustaba tomarme todo primero y después comer a chucharadas esa pasta chocolatosa que se formaba en el fondo. Comer era divertido, comer era placentero.
Después llegó la culpa.
Siempre supe que había comidas que nutrían nuestro cuerpo mejor que otras. En mi casa, por suerte, siempre se comió muy bien; es decir, no era una de esas casas en las que normalmente encontrabas chocolates o golosinas porque sí, salvo en ocasiones especiales. Además, mis papás se empeñaban en alentarnos a comer frutas y verduras. Recuerdo quedarme soprendidísima cuando llegaba a casas de amiguitas donde se tomaba Pepsi todos los días, o se comía panchos. Para mí eso era un lujo.
Sin embargo, lo que aprendí a los ocho años - primera vez que pisé el consultorio de una nutricionista - era que esas comidas que no eran tan nutritivamente valiosas, además, engordaban. Y engordar estaba mal. Y el porqué estaba mal lo descubrí en la pubertad, a la fuerza.
Entrando en la adolescencia me di cuenta de que había algo llamado cuidarse que todos teníamos que hacer. Todos hablaban de cuidarse, pero lo notaba con más preponderancia en las conversaciones entre mujeres. Y, eventualmente - e inevitablemente -, mis amigas y yo caímos en ese comportamiento. "Ay, no! Lo que comí este fin de semana! Mañana al gimnasio sí o sí" "Odio mis piernas/brazos" "¿Vieron que fulana está re gorda?" "En un rato me voy a sentir culpable por comer esto". De repente, mi vida social era como esa escena de Mean Girls en la que Regina, Gretchen y Karen están paradas frente al espejo criticando sus cuerpos y le echan una mirada fulminante a Cady como diciendo ¿No tenés nada malo que decir de vos?. Por más gracia que me cause esa escena, me parece súper triste que parte de lo que nos vincula como mujeres es la autocrítica y la vergüenza.
Otro factor que contribuyó a este descubrimiento de que el sobrepeso era una especie de crimen fue ver la forma en la que la gente gorda es tratada en nuestra sociedad. Desde los programas tipo Cuestión de Peso que estigmatizan la obesidad, hasta el bullying en el colegio (yo misma fui tratada de "gorda" por compañeros no muy copados). Este tipo de discriminación es abiertamente tolerado, lo cual se ve claramente en las connotaciones que tiene la palabra gordo. Gordo no significa sólo "persona con grasa notable en su cuerpo": gordo es sinónimo de fracaso, de fealdad, de gula, de poco control, de insalubridad, de poca fuerza de voluntad, de "dejarse estar", etc. ¿Cómo no vamos a tener miedo de ser así? Por eso también nos ofendemos cuando alguien nos dice gorda, pero no cuando alguien nos dice flacoalta, rubio, morocha.
Esta forma de pensar se traslada a nuestro comportamiento alimenticio, obligándonos a caer en ese estado de cuidarse constante. Con esto no quiero decir que llevar un estilo de vida saludable sea malo, es obvio que no. Lo que trato de hacer es detectar de dónde viene esa culpa por comer que tanto tiempo me atormentó. Resulta ser que está fuertemente arraigada a nuestra forma de ver el mundo (como todo, a decir verdad).
Volviendo al tema de la comida, me pasé años clasificando los alimentos en "buenos" (los que no engordaban) y "malos" (los que sí). Creo que lo que verdaderamente quería reflejar con esos adjetivos era la forma en la que me sentía yo cuando los comía. Si comía ensalada me sentía buena (en el sentido de portarme bien), me sentía lo suficiente, me sentía en control. Si comía torta me sentía un fracaso, sentía que no era lo suficiente. Esas etiquetas de valor moral eran para mí, no para la comida: la comida no tiene valor moral... es comida.
Para empeorar las cosas, aprendí que los alimentos "malos" no eran algo que podía elegir comer por simple disfrute, sino que me los tenía que ganar, léase hacer ejercicio después de comerlos, o elegir comidas "buenas" durante el resto del día para compensar. El placer de comer sólo era aceptable si volvía al control lo más pronto posible. Nuevamente vuelvo a aclarar que buscar un equilibrio entre comida nutritiva y comida más nociva para el cuerpo no está mal. Yo misma busco ese equilibrio todos los días, pero creo que es fundamental liberarme de aquellas etiquetas: mi valor como ser humano no está atados ni a mi aspecto físico ni a mis elecciones alimenticias. Sin embargo, sin bien ahora me considero una persona que hizo las pases con la comida, hay momentos en los que vuelvo a caer en esa obsesión cultural con la delgadez. Me pasa sobre todo cuando estoy rodeada de gente que, o bien no es tan fan de comer - no de obsesiva, sino que es así naturalmente -, o bien está todavía atrapada en esa vorágine de culpa colectiva, conteo de calorías, autocriticas, etc. Me termino sintiendo juzgada por disfrutar de la comida, aunque no me lo digan directamente. Ahí es cuando entro en un espacio de introspección e intento acordarme de cuál es mi objetivo, para sacar esos pensamientos negativos de mi cabeza.
¿Cuál es mi objetivo? Bueno, después de lo que pasé con la comida - que quizás lo cuente en otra entrada -, llegué a la conclusión de que lo único que quiero sentir a la hora de comer es libertad. No quiero castigarme por darme permiso de comer por el simple placer de comer. No quiero sentirme mal los días en los que como por ansiedad, o por aburrimiento, o por felicidad, o por cualquier emoción. Por suerte puedo decir que hoy como saludablemente para sentirme mejor física y mentalmente, no para ser flaca. Estoy en proceso de devolverle a la comida su objetivo principal: el de nutrirme para poder llevar adelante mi día de la manera más óptima posible. Estoy aprendiendo el equilibrio sin culpa, sin arrepentimiento, sin castigo posterior, sin miedo.

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